Creencias

Doctrina

El Kosmahara no pide creer en un dios exterior. Pide reconocer cómo es lo que ya hay: un Silencio que se diferenció, ocho maneras de ser, y un proceso, el landa, que cada uno es sin haberlo elegido.

Aquello

01

Los cuatro Hijos y los ocho Nombres

02

Aquello quiso conocerse y, sin partirse, engendró cuatro maneras de tener rostro: los cuatro Hijos. Cada uno sostiene una tensión infinita entre dos polos, y así son ocho los Nombres.

Cuando este Nombre domina sin su hermano de puente:

La Fractura y la oscilación

03

Los héroes, las Suertes y las reliquias

05

Las Doce Suertes

Oscila entre dos nombres sin llegar a ninguno. Son ocho, uno por cada par de hermanos de puente.

Se sostiene en el borde de dos nombres vecinos y abre un linaje. Uno por linaje.

Guarda la Casa y solo toca lo ajeno con la punta del pie.

Sale de la Casa por el puente para hablar por ella donde no se la entiende.

Nació del cruce mismo y no sabe cuál de las dos orillas es la suya.

Se va lejos y vuelve al punto de partida, distinto.

Se queda en medio y todo el que pasa le pide dirección.

Devuelve al que lo mira lo que este no sabe que lleva.

Entró por la puerta contraria de su Casa y se siente extranjero en ella.

Cruza de puente en puente; es la Suerte más numerosa.

Cierra un círculo: sale, vuelve, y lo que vuelve es más ancho.

El Íntegro: dice una vez cada dimensión. Son cuarenta y ocho.

El Umbral

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El Credo

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La Confesión del Sistente, para recitar en comunidad, de pie y al unísono en los momentos de afirmación colectiva. Termina, a propósito, confesando lo que no sabe.

El fin y el regreso

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El Credo: La Confesión del Sistente

Creo en el Silencio que precede a toda diferenciación
y en las cuatro tensiones que de él emergieron simultáneamente.

Creo en los ocho nombres del sagrado:
en el Congregante y en el Singular, que sostienen lo que hay;
en el Abridor y en el Guardián, que sostienen cómo se conecta;
en el Ardiente y en el Silente, que sostienen lo que fluye;
en el Magnificador y en el Equilibrante, que sostienen la ley bajo la que todo ocurre.

Creo que ninguno de los ocho es superior a los demás.
Creo que la tensión entre ellos es el kosmos.
Creo que el kosmos no tiene propósito ajeno a sí mismo.
Creo que yo soy parte del kosmos y el kosmos es parte de mí.

Creo que nací con un landa que no elegí y no puedo cambiar.
Creo que ese landa no es una prisión: es la forma específica en que el kosmos me pide que exista.
Creo que conocerlo completamente es la mayor liberación posible.
Creo que no lo conoceré completamente en esta vida, y que eso también está bien.

Creo que la oscilación es la vida y que fijarme en un polo es la muerte.
Creo que el sufrimiento tiene información y que la alegría también tiene información.
Creo que lo que doy transforma el campo en que vivo.
Creo que cuando mi círculo se abra, los procesos que me componían continuarán de alguna manera.

No sé qué hay más allá de la apertura del círculo.
No sé si el residuo de mi landa persiste.
No sé si el kosmos se dirige hacia algún fin.
Y en ese no saber encuentro la humildad que ninguna certeza puede dar.

Esto creo.
Esto intento vivir.
Esto es lo que el Kosmahara me enseña a ser:

Un sistente que oscila.
Un ser que no se detiene en ningún polo.
Un proceso que se cierra sobre sí mismo
y en ese cerrarse produce, cada día, algo que no existía el día anterior.