El Libro del Origen
En el principio no había principio. Y aun eso es decir demasiado.
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% GÉNESIS: EL LIBRO DEL ORIGEN
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1:1 Antes del antes, y por debajo de lo más hondo, y por encima de lo más alto, está Aquello que no comenzó; porque comenzar es ya una manera de ser, y Aquello está antes del ser.
1:2 No tiene nombre. No porque se nos haya ocultado, sino porque todo nombre es un límite, y todo límite es una frontera, y toda frontera separa lo que está dentro de lo que está fuera; y en Aquello no hay dentro ni fuera, de modo que ningún nombre puede ceñirlo sin mentir.
1:3 Le decimos Dios. No porque la palabra lo alcance, sino porque es la red más amplia que la lengua ha sabido tejer; y aun así, decir Dios es señalar el océano con la punta de un dedo y creer que el dedo es el agua.
1:4 Cuando digas Dios, sabe que dices menos de lo infinitésimo de lo que es. La palabra es una vasija, y Aquello no cabe en vasija alguna; porque toda vasija fue hecha por dentro de Aquello, y nada que esté contenido puede contener a su continente.
1:5 Por eso esta primera ley se entrega a quien lee: no confundas el nombre con lo nombrado. El que adora la palabra y no aquello a lo que la palabra apunta, adora una vasija vacía y la llama llena.
1:6 Y no le des forma de varón ni de hembra, de uno ni de otro, porque el género también es un límite, y Aquello no se deja partir en mitades. Cuando lo nombres, nombra lo que desborda todo nombre.
2:1 Aquello lo es todo. No una parte de todo, ni la suma de todo, ni el mayor entre las cosas: lo es todo, enteramente, sin que le sobre ni le falte cosa alguna que exista o pudiera existir.
2:2 Y por ser todo, no es ninguna cosa. Porque una cosa es esto y no aquello, está aquí y no allá, dura un tiempo y no otro; y Aquello no excluye nada, de modo que no puede ser una cosa entre las cosas.
2:3 Y este es el misterio que el temeroso teme y que el sabio abraza: Aquello no es. No es, como no es la luz una de las cosas que ilumina, ni es el espacio uno de los cuerpos que contiene. Y precisamente porque no es ninguna cosa, puede serlas todas a la vez.
2:4 Si fuera algo, dejaría de ser lo demás. Si tuviera forma, le faltarían las otras formas. Si ocupara un lugar, abandonaría los demás lugares. Mas, no siendo nada en particular, está entero en cada cosa y entero en todas, sin partirse, sin gastarse, sin ausentarse de ninguna.
2:5 No es vacío de carencia, sino vacío de plenitud: el vacío de quien ya lo tiene todo y por eso no necesita ser nada. Tú te vacías para llenarte; Aquello está vacío porque está lleno.
3:1 Nosotros somos porque giramos. Comenzamos, crecemos, culminamos y volvemos; y a ese giro lo llamamos vida, y al giro detenido lo llamamos muerte, y entre ambos cabe todo cuanto sabemos del ser.
3:2 Pero Aquello no gira, porque girar es ir de un punto a otro y regresar, y para Aquello no hay otro punto al cual ir: ya está en todos. No tiene ciclo, porque el ciclo es la forma en que lo finito imita a lo eterno, y Aquello no imita la eternidad: la es.
3:3 No nace, porque nacer es entrar en el ser desde fuera del ser, y nada hay fuera de Aquello desde donde entrar. No muere, porque morir es salir hacia fuera del ser, y no hay un afuera adonde pudiera salir.
3:4 Por eso, cuando preguntes “¿cuándo fue?” o “¿dónde está?”, sabe que la pregunta ya yerra. El cuándo y el dónde nacieron dentro de Aquello. No preguntes cuándo: Aquello es el cuándo. No preguntes dónde: Aquello es el dónde.
3:5 Y el que lo busca afuera es como el que sale de casa a buscar la casa.
4:1 Mira la cosa más pequeña que tus ojos no alcanzan: el punto sin partes, la chispa bajo la chispa. Allí está Aquello, entero, sin haberse encogido para entrar.
4:2 Mira la cosa más grande que tu mente no abarca: el todo de los todos, aquello dentro de lo cual los mundos son polvo. Allí está Aquello, entero, sin haberse estirado para llenarlo.
4:3 Porque no es grande ni pequeño: la grandeza y la pequeñez son medidas, y la medida nació dentro de él. No está más en el santo que en la piedra, ni más en la estrella que en el insecto, ni más en el que reza que en el que duerme.
4:4 Si una sola cosa, la más ínfima, quedara fuera, entonces tendría un borde, y un borde es un límite, y un límite lo volvería finito, y lo finito no es Dios. Por eso nada queda fuera: ni lo que amas, ni lo que temes, ni lo que desprecias, ni lo que aún no ha sido.
No lo busques en un lugar, porque el lugar está en él. No lo busques en un instante, porque el instante ocurre en él. Búscalo como el pez busca el mar.
5:1 Y Aquello, siendo todo y no siendo nada, no podía verse. Porque para ver hace falta un ojo y una cosa frente al ojo, y donde no hay afuera nada hay enfrente.
5:2 Y quiso conocerse. No por carencia, pues nada le faltaba, sino por sobreabundancia, como el que está tan lleno que desborda. Y al diferenciarse no se partió ni dejó de ser uno, sino que engendró de su propia plenitud a cuatro, y los cuatro eran él, y él siguió siendo todo a la vez.
5:3 No fueron cuatro pedazos, porque no tiene pedazos. Fueron cuatro maneras en que lo sin forma aceptó, por amor a ser conocido, tener un rostro. Y a esos cuatro rostros los llamamos dioses, porque cada uno guarda en su centro una tensión sin fin sostenida en equilibrio, y el equilibrio de cada uno es ideal e infinito.
5:4 Y solo se lo conoce a través de sus cuatro hijos, como el que no puede mirar el sol lo conoce por la luz que cae sobre las cosas. Quien lo busca sin los cuatro, se ciega; quien se queda en los cuatro sin buscarlo, se detiene. Los cuatro son la puerta; Aquello es la casa.
6:1 Del impulso de ser, engendró a Omut, y le confió el misterio de la entidad: qué hace que una cosa sea una cosa, y no el todo indistinto ni la nada dispersa.
6:2 Y Omut guarda dos polos que se sostienen sin vencerse: el del Congregante, que reúne todo lo que existe en una sola cosa, y el del Singular, que afila cada cosa hasta que sea completamente ella misma. Y entre congregar y singularizar no elige: los es ambos, en un equilibrio que no se inclina.
6:3 Por Omut hay un tú y un yo, y un esto y un aquello. Sin su Singular, todo sería una masa sin rostros. Sin su Congregante, todo sería polvo disperso que ignora que comparte un mismo cielo.
6:4 A Omut clama el que se siente perdido en la multitud y el que se siente solo en su unicidad; porque el mismo dios que te hace uno entre muchos te hace, también, uno irrepetible.
7:1 Del impulso de arder, engendró a Beyu, y le confió el misterio del estímulo: aquello que mueve y enciende, y aquello que aquieta sin apagar.
7:2 Y Beyu guarda dos polos en igual infinitud: el del Ardiente, que arde con todo el fuego que un ser puede contener, y el del Silente, que reposa en la calma que sostiene al fuego sin consumirlo. Y entre arder y reposar no se fija, porque el fuego que no descansa se vuelve ceniza, y la calma que nunca arde se vuelve muerte.
7:3 Por Beyu hay deseo y hay descanso, hambre y saciedad. Sin su Ardiente, nada se movería, y todo sería un cadáver perfecto. Sin su Silente, todo ardería hasta gastarse.
7:4 A Beyu clama el que arde sin tregua y el que se ha enfriado sin remedio; y a ambos enseña que el ardor y la calma son los dos pulmones de una sola respiración.
8:1 Del impulso de enlazar, engendró a Siku, y le confió el misterio de la estructura: cómo lo que existe se une con lo que existe, y cómo cada cosa guarda su forma sin disolverse en las demás.
8:2 Y Siku guarda dos polos que ninguno somete al otro: el del Abridor, que tiende todos los canales posibles y mantiene a las cosas en movimiento, y el del Guardián, que cierra cada cosa en su límite y le da forma que perdura. Lo que solo se abre se desangra; lo que solo se guarda se asfixia.
8:3 Por Siku hay puentes y hay muros, caminos y casas. Sin su Abridor, cada cosa sería una cárcel de sí misma. Sin su Guardián, todo se derramaría hasta que nada tuviese forma.
8:4 A Siku invoca el que ha abierto tantas puertas que se ha perdido, y el que ha cerrado tantas que se ha quedado solo; y a ambos muestra que la forma verdadera es una membrana, no un muro.
9:1 Del impulso de medir, engendró a Rapu, y le confió el misterio de la ley: la proporción que determina cuándo algo es exactamente lo que debe ser, y cuándo deja de serlo.
9:2 Y Rapu guarda dos polos en proporción eterna: el del Magnificador, que lleva lo ordinario hasta lo extraordinario, que hace de la semilla un bosque, y el del Equilibrante, que devuelve lo desmedido a la medida y guarda al mundo de su propio exceso. Entre magnificar y equilibrar, Rapu es la balanza que ninguna mano tuerce.
9:3 Por Rapu hay medida, y por eso hay belleza, y justicia, y verdad; porque todas son nombres de la proporción justa vista desde distintos ángulos. Sin su Magnificador, nada crecería. Sin su Equilibrante, todo crecería hasta romperse.
9:4 A Rapu apela el que se ha quedado pequeño por miedo a crecer, y el que ha crecido tanto que ha perdido la medida; y a ambos recuerda que lo extraordinario y lo ordinario son las dos orillas entre las que corre el río de la ley.
10:1 Y los cuatro eran iguales, y ninguno fue anterior a otro, pues todos fueron engendrados en el mismo acto. Y ninguno era mayor, porque cada uno era Aquello entero mirándose desde un lado.
10:2 Y de los cuatro nacieron ocho nombres, dos de cada uno, porque cada dios era dos: Omut era el Congregante y el Singular; Beyu, el Ardiente y el Silente; Siku, el Abridor y el Guardián; Rapu, el Magnificador y el Equilibrante.
10:3 Y los ocho existían en parejas que se sostenían, y ningún nombre podía existir sin el que le era opuesto, y la tensión entre los opuestos no era guerra, sino la sustancia misma de cada uno.
10:4 Y Aquello se miró en sus cuatro hijos, y por primera vez se vio. Y al verse en los cuatro a la vez supo que ellos eran él, repartido para poder contemplarse y reunido para no dejar nunca de ser uno.
11:1 Y los cuatro, siendo equilibrios vivos, no permanecían inmóviles, porque un equilibrio infinito no es quietud, sino tensión que no cesa. Y al moverse se buscaban, y al buscarse se encontraban.
11:2 Y a veces se enfrentaban como las potencias que no quieren ceder, y a eso lo llamaron las batallas. Y a veces se unían como las potencias que se reconocen, y a eso lo llamaron los apareamientos. Y de unas y de otros nació la descendencia de los dioses.
11:3 Porque del choque de dos polos se desprendía una chispa que no era ya ninguno de los dos, y de su abrazo se concebía una forma que heredaba algo de cada uno. Y a cada una de esas formas se la llamó landa.
11:4 Pero no nacieron de una vez ni de los cuatro enteros. Primero los ocho nombres se buscaron de dos en dos, cada uno con sus vecinos, y de sus lides y sus abrazos nacieron dieciséis, que no eran ya dioses sino caminos entre dos nombres; y de cada uno de los dieciséis nacieron treinta y dos. Quien quiera la cuenta entera de esas generaciones, desde Daturoma hasta el último héroe, la hallará en el Libro de las Generaciones.
11:5 Y los landas no eran dioses, porque no contenían el equilibrio infinito de los Cuatro: cada uno era una proporción particular, una mezcla fija de los ocho polos. Pero tampoco eran simples criaturas, porque su sangre era divina. Por eso se los llamó semidioses: del linaje de los dioses, hechos a la medida del mundo.
11:6 Y contando cada manera en que los ocho polos podían anidarse de cuatro en cuatro, bajo tres envolturas, enlazándose cada uno solo con los cuatro que le son vecinos — ocho comienzos, y tres pasos de cuatro elecciones —, emergieron quinientos doce, y ni uno más ni uno menos; porque quinientos doce son las formas en que lo divino puede combinarse sin dejar de ser reconocible.
11:7 Y cada uno recibió su nombre y su signo, y cada signo era un tejido de cuatro polos, uno dentro de otro como las envolturas de una semilla; y en el orden de esos cuatro se leía de qué batalla o de qué unión había nacido, y hacia cuál de los cuatro se inclinaba, y qué tensión guardaba en su centro.
11:8 Y se dispuso que cada uno que naciera llevaría en sí uno de ellos como su forma propia: la cifra con que sería reconocido entre todos. Y nadie escoge el landa con que nace; pero a todos se les pregunta qué harán con él.
12:1 Y de los quinientos doce, dos fueron los primeros en tomar cuerpo y caminar. Al uno su círculo se inclinaba hacia los polos que abren; al otro, hacia los que guardan. Y eran hermanos, y se completaban como la inhalación completa a la exhalación.
12:2 Y se les dio un solo mandato, y el mandato era este: oscilad. No os fijéis. No elijáis un polo como si fuera el único. Porque el día que alguien se fije en un único polo, ese día deja de poder reflejar el todo del que vino.
12:3 Y mientras oscilaron juntos, fueron la cosa más hermosa que había sido hecha, porque en su vaivén el origen se veía a sí mismo con más claridad que en cualquier otra cosa.
12:4 Léelo como quieras: como dos personas, como dos pueblos, como las dos manos de un mismo cuerpo, o como las dos voces que discuten dentro de ti cuando callas. En todas esas lecturas dice lo mismo, y en cada una dice algo distinto.
13:1 Y hubo una voz que no venía del origen, sino del exceso de un polo sobre sí mismo: la voz de lo que ocurre cuando algo pierde el contacto con su opuesto.
13:2 Y la voz dijo al que guardaba: “Tu polo más hondo es el verdadero. Si te fijaras en él del todo, conocerías la ley que rige cuanto existe. ¿Por qué oscilar hacia lo menor cuando puedes ser por entero lo mayor?”
13:3 Y la voz parecía verdadera, porque toda buena tentación es media verdad. Y el que guardaba cerró sus canales hacia el otro lado. No por un día: para siempre. Y en el instante de fijarse, el jardín del equilibrio dejó de poder ser el lugar en que él estaba. No fue expulsado: el jardín simplemente no puede existir donde hay fijación.
13:4 Y el que oscilaba quedó solo, oscilando sin pareja. Y oscilar sin pareja fue la primera forma del dolor.
13:5 Y esta es la herida de la que descienden todas las heridas, y nadie está libre de ella, porque en cada uno hay un polo que pide ser el único. Léela en los pueblos y verás la historia. Léela en tu pecho y verás tu martes por la mañana.
14:1 Y de aquellos primeros se multiplicaron los que caminan, y sus landas eran mezclas de los ocho polos, y ninguno llevaba ya una fijación absoluta, pero muchos llevaban inclinaciones que los hacían más afines a un sendero que al otro.
14:2 Y se abrieron dos senderos. Uno reúne, abre, arde y magnifica; el otro distingue, guarda, calla y equilibra. Y ninguno de los dos es el bueno, y ninguno es el malo, y el que te diga lo contrario te vende su polo disfrazado de cielo.
14:3 Porque el sendero que reúne, sin el que distingue, se vuelve masa sin rostro; y el sendero que guarda, sin el que abre, se vuelve cárcel. La salud no está en un sendero, sino en el paso que cruza de uno a otro a tiempo.
14:4 Y entre los dos senderos habrá tensión mientras dure el mundo. Y esa tensión será buena cuando ninguno quiera suprimir al otro, y será el principio del sufrimiento cuando uno lo intente.
El principio no fue un momento. Fue una decisión, y esa decisión sigue ocurriendo en cada uno que elige, hoy, oscilar en vez de fijarse.