La Convocatoria

El Libro de las Reliquias

Cuando todos hayan dejado en el suelo lo que hicieron, se verá qué es lo que no se pudo hacer con las manos.

La Llamada

1:1 Y se cumplió la cuenta de los que caminaron, y de cada Casa subió un rumor, y el rumor decía lo mismo en ocho lenguas: es la hora de juntarlo todo. Porque nada de lo que se hizo en las Casas se hizo para quedarse en ellas.

1:2 Y se les convocó a la Llanura de las Ocho Puertas, que no tiene muros, y que se halla a igual distancia de todos los lugares donde alguien ha vivido. Y fueron llegando desde las plazas de Kos-ma, desde las torres de Khai-da, desde las fraguas de Phi-ma, desde las cuevas de Phi-ta, desde los caminos de Da-hara, desde las murallas de Kos-ta, desde las nubes de Oma-da y desde las balanzas de Oma-ta.

1:3 Y venían los héroes, y cada uno traía su Reliquia en las manos, no como quien lleva un trofeo sino como quien lleva algo que no le pertenece. Y se vio que los que habían sido más grandes traían las cosas más pequeñas, y que los que casi no habían sido nombrados traían las más pesadas.

Los Ocho Primeros

2:1 Y los primeros en llegar fueron los ocho que oscilaron al principio, uno por cada hermano de puente, y no se reconocieron a primera vista, porque cada uno había vivido en su Casa como si fuera la única. Anum llegó con su tambor de dos parches, y Teikan con su candil de dos llamas.

2:2 Y llegó Pherun con su yunque de dos tiempos, y Sunei con su almohada del solsticio; y llegó Daren con su aldaba de doble golpe, y Torvan con su poterna de dos cerrojos; y llegaron Ovaldar con su barómetro del ojo y Thelam con el fiel de la gran balanza. Y al mirarse advirtieron que todos llevaban en la mano una cosa que tiene dos lados.

2:3 Y Anum golpeó su tambor una vez, y Teikan bajó el candil, y Pherun respondió en su yunque, y Sunei dejó caer la cabeza en su almohada, y Daren dio su doble golpe, y Torvan entornó su poterna, y así siguió, uno tras otro, hasta cerrar el círculo. Y en el silencio que quedó se oyó, por primera vez desde el principio, la respiración del mundo entero: el vaivén de los Ocho, que no es de ninguno.

Los Cuarenta y Ocho

3:1 Y cuando el círculo se cerró, se presentaron los Íntegros, que son los que dicen una vez cada dimensión, y que son cuarenta y ocho, seis por cada Casa. Y se pusieron en pie sobre el borde de la llanura, y no hablaron, porque lo que tenían que decir ya estaba dicho en sus Gestas.

3:2 De la Casa de Kos-ma vinieron Nuomi, Olamba, Nuluk, Manua, Malenu y Olimar. De la Casa de Khai-da vinieron Ketesh, Teiruk, Tiesh, Eketi, Ikhesh y Tekeru. De la Casa de Phi-ma vinieron Faerel, Ephran, Phiral, Aefel, Phaerun y Aphenor. De la Casa de Phi-ta vinieron Ninuse, Seniu, Niusen, Sennaru, Sunnu y Siunes.

3:3 De la Casa de Da-hara vinieron Hardan, Ahrum, Dharen, Aradu, Hadrun y Arahdu. De la Casa de Kos-ta vinieron Korvun, Morbat, Grumak, Torbuk, Orbak y Karmuk. De la Casa de Oma-da vinieron Ovrem, Domarun, Vadrun, Orvam, Ovarun y Damvar. De la Casa de Oma-ta vinieron Elthor, Leran, Thoral, Elmoth, Theleu y Elenth.

3:4 Y se dijo entonces que cada uno de los cuarenta y ocho había sostenido, sin saberlo, a muchos que no llegaron a nombrarse; porque ningún Íntegro es íntegro por sí mismo, y su plenitud es lo que los demás le prestaron.

Las Reliquias en el Suelo

4:1 Y se ordenó que cada uno pusiera su Reliquia en el suelo, no en un altar ni en un cofre, sino en la tierra desnuda, donde cualquiera pudiera pisarla. Y así lo hicieron. Lunay puso su paño de mil hilos, y Melín el telar de la ciudad; Olun puso la balanza del muelle, y Hareya el engranaje de la puerta de Ashar.

4:2 Kitesh puso el mantel del festín forzado, y Tekhi la cuerda de una sola hebra; Phaeron puso el tallo hueco donde llevó la chispa, y Fenya su fogata que titila; Nissa puso el sosiego que centellea, y Sinuen la celda del primer sueño; Doma puso el remolino templado, y Domvok el pararrayos con su cofre; Athelu puso la balanza recargada, y Lethan la vara con que contó las capas del lago.

4:3 Y los de Kos-ta pusieron sus muros más pequeños: Brukat su bastión entornado, Ruvak el bloque del primer invierno, Rothag el fiel de la escarcha. Y los de Da-hara pusieron sus umbrales: Hedar la compuerta de la última hora, Harei el humo ascendente, Radoh el equinoccio de la brecha.

4:4 Y fueron cayendo sobre la llanura, una tras otra, las quinientas doce Reliquias, y no hubo dos que sonaran igual al tocar el suelo. Y cuando la última se posó, hubo un instante de silencio, y en ese silencio la llanura entera se vio cubierta de cosas pequeñas, como un pueblo sembrado de semillas.

4:5 Y Elenth, que era el último de los quinientos doce, dejó su Reliquia a la orilla, y se sentó junto a ella con las manos abiertas. Y ya no había nada que hacer, y todos lo supieron, y a nadie le dolió.

Lo que No se Puso en el Suelo

5:1 Y cuando todo estuvo dicho y dejado, alguien preguntó: ¿y para qué? Y ninguno supo contestar. Porque la pregunta no tenía respuesta en las Gestas, ni en las Casas, ni en el suelo cubierto de cosas pequeñas: tenía respuesta solo en lo que no estaba en el suelo.

5:2 Y por el borde de la llanura, donde las ocho puertas se abren sin muros, llegó uno que no había sido contado. No traía Reliquia ni traía nombre. Traía las manos vacías, y las traía como quien no ha venido a dejar nada, sino a recoger lo que quede.

5:3 Y los quinientos doce lo vieron, y cada uno reconoció en él algo que le faltaba: al que había sido demasiado uno, le pareció multitud; al que había sido demasiado muchos, le pareció uno; al que había ardido, le pareció calma; al que había callado, le pareció canto. Y comprendieron que aquel que llegaba no era un héroe más, sino el lugar donde los héroes habían sido posibles.

5:4 Y no dijo nada, ni hizo nada, ni tocó ninguna Reliquia. Pasó entre ellas, despacio, y donde ponía el pie la tierra quedaba intacta, y las cosas pequeñas parecían más pequeñas y más brillantes. Y llegó al centro exacto de la llanura, donde las ocho puertas se cruzan, y se detuvo.

5:5 Y Anum, que había golpeado el primer tambor, preguntó: «¿Quién eres?». Y el que había llegado respondió lo único que podía responder: «Soy el hueco entre vosotros. Soy el lugar donde ninguno se ha decidido. Sin mí, ninguna de vuestras Gestas habría tenido sitio donde ocurrir».

5:6 Y los héroes no lo adoraron, porque los héroes no adoran. Lo miraron, y lo dejaron pasar, y él cruzó la llanura y salió por una de las ocho puertas, no por la de ninguna Casa sino por la que estaba entre todas. Y detrás de él quedó, abierta, una senda que nadie había visto.

El Fin de las Gestas

6:1 Y aquí terminan las Gestas de los Quinientos Doce, y termina la Segunda Escritura. No terminan porque se hayan agotado los hechos, que nunca se agotan, sino porque todo lo que podía decirse desde las Casas ya fue dicho.

6:2 Y lo que sigue no se cuenta desde ninguna Casa, sino desde el umbral: la historia de aquel que cruzó la llanura sin dejar nada, y de lo que su paso dejó en los demás. Y esa historia se llama la Tercera Escritura, y quien la quiera leer debe haber puesto antes su propia Reliquia en el suelo.

6:3 Porque el que llega al umbral con las manos llenas no puede cruzarlo; y el que llega con las manos vacías, cruza sin saber por qué. Así ha sido siempre, y así será hasta que alguien, un día, deje de necesitar que se lo cuenten.

Cuando cierres este libro, mira lo que llevas en las manos. Si es algo, déjalo. Si no es nada, ya puedes entrar.