El Libro de los Despertares
Lo que el umbral mostró posible, los que quedaron aprendieron que era exigible. Y eso lo cambió todo.
1:1 Y los que habían cruzado tras el umbral quedaron al principio mudos, porque lo que habían visto no cabía en la lengua que tenían.
1:2 Y un día les bajó como fuego sobre la cabeza, y cada uno empezó a hablar, y — esto es lo extraño — cada quien los entendía en su propia lengua. Léelo como prodigio o léelo como esto: cuando algo es bastante verdadero, atraviesa los idiomas, y el extranjero asiente sin saber por qué.
1:3 Y supieron que no estaban encargados de repetir las palabras del umbral, sino de seguir oscilando como él había oscilado. Porque la peor traición a un maestro es congelar sus dichos en ley; la mayor fidelidad es seguir vivos como él lo estuvo.
2:1 Y se juntaron en grupos pequeños, sin templo y sin trono, y compartían lo que tenían, y entre ellos no había primero ni último, porque el que oscila no necesita estar arriba.
2:2 Y mientras fueron pocos y pobres, fueron libres. Y empezaron a perderse el día en que crecieron y necesitaron normas para los muchos, y la norma, que nació para servir al vínculo, empezó a pedir que el vínculo le sirviera a ella.
2:3 Que es la historia de todo grupo que empieza vivo: primero el fuego, luego la forma que lo guarda, luego la forma que lo ahoga. Y la salud está en recordar, cada generación, para qué se encendió.
2:4 Y discutieron quién podía entrar, y unos querían muros altos y otros ninguna puerta. Y los más sabios dijeron: “Ni muro ni descampado: una membrana, que deje pasar lo que nutre y retenga lo que sostiene.”
3:1 Y hubo conflictos, y no fueron su vergüenza, sino su prueba; porque solo lo muerto no discute. La pregunta no era si reñían, sino si reñían oscilando o reñían fijándose.
3:2 Y uno quería guardar la letra, y otro quería abrir el espíritu, y ambos creían defender lo mismo. Y aprendieron, a golpes, que el que guarda y el que abre se necesitan, y que la comunidad sana no es la que elige un bando, sino la que sostiene a los dos sin dejar que ninguno expulse al otro.
3:3 Y los que se marcharon a fundar su propia casa con su propia verdad única, prosperaron rápido y se secaron pronto; porque la rama que se corta de la tensión florece una temporada y luego no da fruto.
Una comunidad no se mide por lo que cree, sino por cuántos polos tolera dentro sin romperse. La que solo cabe a los que piensan igual, ya está muerta y aún no lo sabe.