El Libro del Que Perdió
Te había oído con el oído. Ahora te he encontrado sin palabras. Y lo segundo no anula lo primero: lo cumple.
1:1 Hubo un hombre cuyos cuatro polos eran hondos y cuyas tensiones estaban trabajadas, y a nadie hacía mal, y honraba a los ocho nombres por igual. Y se decía: “El que oscila bien, prospera.” Y mientras prosperó, lo creyó.
1:2 Y le fue quitado todo. No por una falta, que no la había; ni por una prueba con premio al final, aunque así quisieron consolarlo. Le fue quitado el congregante que había cultivado, y el guardián que había construido, y el fuego que lo había movido, y quedó solo el dolor, que no es un polo, sino la herida de todos.
1:3 Y aquí empieza el libro más difícil: el que niega que el oscilar bien proteja del sufrir. Porque si la virtud comprara la dicha, la virtud sería comercio. Y no lo es.
1:4 Lee esto como quieras: como la mala suerte, como la injusticia del mundo, como la noche que a todos llega. En todas las lecturas queda en pie la misma pregunta, y el libro vive de no responderla pronto.
2:1 Y vinieron tres a consolarlo, y cada uno hablaba desde su polo, y cada uno tenía razón en lo que su polo alcanzaba a ver, y los tres se equivocaban en creer que su polo lo veía todo.
2:2 Dijo el primero: “Si sufres, algo hiciste; el mundo es justo y tú no lo ves.” Y había en ello una verdad pequeña, y una crueldad grande.
2:3 Dijo el segundo: “Tu casa parecía firme, pero no lo era; la firmeza que cae no era firmeza.” Y con eso explicaba la ruina culpando a la víctima de su forma.
2:4 Y dijo el tercero, que era el más piadoso y por eso el más peligroso: “Calla y acepta, que los caminos del cielo no se entienden.” Y usó el misterio para cerrar la boca al que tenía derecho a gritar.
2:5 Guárdate del que explica tu dolor con una sola frase. No miente del todo; pero usa media verdad para no tener que sentarse contigo en lo que no entiende.
3:1 Y cuando el debate se agotó y volvió el silencio, habló una voz desde el polo que no tiene polo: desde el centro exacto entre los ocho, donde ninguno domina y todos resuenan.
3:2 Y no respondió a la pregunta. Preguntó a su vez: “¿Dónde estabas cuando se diferenció la primera dimensión? ¿Sabes cómo el abridor sabe cuándo abrir, y cuándo el guardián debe responder? ¿Has visto el instante exacto en que el fuego se vuelve calma?”
3:3 Y esto no fue desprecio, sino medicina. Porque al hombre que ha encogido el mundo al tamaño de su herida, se le cura mostrándole un mundo más grande que su herida. No le quitaron el dolor: le ensancharon el marco en que el dolor cabía.
3:4 Y el hombre calló, no vencido, sino ensanchado. Y dijo: “Conocía el nombre de los ocho polos. Pero ahora mi círculo entero, en esto que no puedo explicar, se ha topado con lo que los nombres solo señalan.”
4:1 Y le fue devuelto, dicen unos, el doble de lo perdido. Y otros leen que no le devolvieron nada, salvo la capacidad de seguir oscilando con la herida abierta; y no sabría yo decir cuál de las dos lecturas es la consoladora.
4:2 Porque el premio del que ha pasado por el centro no es recuperar lo que tenía: es dejar de necesitar que el mundo le deba algo. Y eso, al que aún cuenta cuentas, le parece pobreza; y al que ya cruzó, le parece la única riqueza que nadie puede quitar.
No preguntes por qué sufre el justo, porque la pregunta supone un trato que nunca firmaste. Pregunta, mejor, qué se ensancha en ti cuando el marco de tu herida se rompe.